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Crecí amando las noticias; hoy casi no las reconozco

por Remy Martínez Cantú

Por Dr. Remy Martínez-Cantú

Confieso una debilidad que me acompaña desde niño: soy un adicto a las noticias. Antes de entender del todo lo que leía, ya hojeaba las páginas de Time y Newsweek que llegaban a casa, y por las tardes me sentaba frente al televisor —a veces junto a mi papá, a veces con mi abuelo— cuando la voz pausada de Dan Rather todavía marcaba el pulso del mundo. Era una cita diaria, casi un rito familiar. Hoy, décadas después, produzco y conduzco un programa de noticias; y quizá por eso no dejo de hacerme una pregunta que entonces habría parecido absurda: ¿qué significa, en 2026, la palabra «noticia»?

Deslizar el dedo por la pantalla se ha vuelto el reflejo de nuestra era. En tres segundos de desplazamiento conviven la caída de una bolsa, el meme de moda, un reel con un consejo financiero y un reporte de guerra. La línea que antes separaba al periodismo del puro entretenimiento se borró en la práctica: si aparece en el feed, se siente y se consume como noticia.

Y, sin embargo, en ese torrente uniforme la procedencia del dato sigue siendo el ancla. Cuando alguien quiere zanjar una discusión, reaparece la coletilla mágica: «salió en The New York Times», «lo reportó la BBC». La marca periodística conserva un capital de rigor y verificación que ningún creador de contenido individual ha logrado replicar del todo. El sello del medio sigue siendo el filtro de credibilidad en un ecosistema saturado.

Pero ese peso institucional enfrenta una fractura sin precedentes: la erosión de la confianza que alimenta la polarización política. El pacto tácito con los hechos se volvió tribal, regido por una máxima que casi nadie admite en voz alta: «lo que no encaja con mi visión del mundo, lo rechazo». Ya no acudimos a las fuentes para contrastar la realidad, sino para buscar validación. Un mismo titular es verdad irrefutable o burda propaganda según el bando de quien lo lee, y la idea misma de una objetividad compartida se diluye en la trinchera.

A ese sesgo se suma una frase que escucho cada vez más en las conversaciones cotidianas: «hace mil años que no veo las noticias». No es apatía intelectual, es un instinto de autopreservación mental. La dieta constante de catástrofes, conflictos y escándalos diseñados para generar clics a punta de indignación produce una fatiga crónica, y millones de personas optan por desconectarse para cuidar su ánimo. El problema es que, al huir del ruido tóxico, uno queda ciego y a merced de la desinformación pasiva: el rumor sin verificar, la cadena viral, el dato sacado de contexto que se cuela por el chat familiar.

Vale la pena, entonces, preguntarnos con honestidad: ¿siguen siendo necesarias las noticias en pleno siglo XXI?

Yo creo que son más indispensables que nunca, pero su oficio debe reinventarse con urgencia. El periodismo ya no puede limitarse a avisar lo que ocurre —en esa carrera cualquier teléfono conectado le gana a la rotativa—; tiene que dar contexto, fiscalizar al poder y explicar por qué los hechos importan. Desconectarse no resuelve ninguna crisis global ni repara ninguna institución: solo cede el control a quienes se benefician del silencio y la desatención colectiva.

Aquel niño que hojeaba Newsweek y escuchaba a Dan Rather junto a su abuelo intuía, sin saberlo, algo que hoy conviene recordar: informarse no es intoxicarse con la histeria del feed, sino conservar esa herramienta cívica sin la cual una sociedad democrática, sencillamente, no puede funcionar. Por eso, décadas después, sigo del otro lado de la cámara: porque alguien tiene que seguir separando la señal del ruido.

Dr. Remy Martínez-Cantú

Doctor en Desarrollo Regional y Maestro en Políticas Públicas.

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