Durante más de dos décadas he seguido con especial interés, y con experiencia personal directa, la evolución de la tecnificación agrícola en regiones de clima adverso. Conozco bien las zonas desérticas y semiáridas del norte de México, de donde soy originario, así como regiones con clima templado y frío.
Hoy, la modernización basada en agricultura protegida, riego tecnificado, producción ambientalmente responsable y digitalización de procesos productivos y comerciales se ha convertido en una exigencia y un paradigma para el desarrollo agroindustrial global.
Esta transformación avanza acompañada de sistemas computarizados de control climático, sensores, inteligencia artificial y, cada vez más, de energías alternativas como los paneles solares, que sustituyen o complementan el suministro eléctrico tradicional.
La presión sobre las redes de energía por la demanda urbana e industrial hace indispensable esta transición hacia fuentes propias, limpias y eficientes.
La agricultura protegida ya no es un nicho tecnológico: es una ruta de desarrollo insoslayable para atender la demanda alimentaria nacional e internacional.
Los proyectos que se desarrollan bajo este modelo generan mano de obra calificada, impulsan cadenas de valor regionales e incrementan la competitividad exportadora.
He tenido la oportunidad de conocer estos desarrollos en varios países y asesorar proyectos en México; la conclusión es clara: esta actividad agroindustrial representa uno de los motores más sólidos y de mayor potencial para la modernización rural nacional.
Las bases de una moderna tecnología agrícola
La agricultura protegida reúne estructuras y herramientas que permiten controlar el microclima y elevar la resiliencia productiva. Incluye invernaderos, túneles y mallas sombra que estabilizan temperatura, humedad y radiación, reduciendo riesgos por plagas y eventos climáticos extremos.
Se suman sistemas de cultivo sin suelo como la hidroponía y la aeroponía, que optimizan el uso de agua y nutrientes, evitan la degradación del suelo y permiten producir incluso en regiones áridas.
A esto se agrega la agricultura vertical, capaz de generar rendimientos muy altos en espacios reducidos mediante luz LED y ambientes totalmente controlados, aunque con alta dependencia energética.
Según la FAO, los sistemas hidropónicos pueden reducir el consumo de agua entre 80% y 90% en comparación con la agricultura tradicional (FAO, 2021).
Las tecnologías digitales de precisión, que incluyen sensores, inteligencia artificial, riego automatizado, drones y plataformas de análisis de datos, permiten una toma de decisiones más exacta, reducen pérdidas y mejoran la rentabilidad.
Estas herramientas no reemplazan a la agricultura tradicional: la fortalecen, la complementan y amplían su capacidad para enfrentar el cambio climático y la creciente volatilidad de los mercados.
Impactos productivos y ambientales
La agricultura protegida está generando transformaciones profundas tanto en la productividad como en el desempeño ambiental del sector agrícola.
Sus beneficios son claros: permite obtener mayores rendimientos en menos superficie, reduce el uso de agua de manera significativa mediante sistemas hidropónicos, disminuye el uso de pesticidas y reduce las pérdidas poscosecha gracias al control del microclima.
Estos avances se traducen en productos más homogéneos y de mayor calidad, menor riesgo climático y una producción mucho más eficiente.
Sin embargo, su viabilidad depende de un factor crítico: la energía. Cuando existe acceso a electricidad limpia y asequible, el desempeño ambiental y económico de estos sistemas es sobresaliente; cuando la energía es cara o insuficiente, su competitividad disminuye.
En paralelo, la agricultura protegida está reconfigurando el sector agrícola en su conjunto. Los Países Bajos e Israel han demostrado que la combinación de tecnología, producción continua y calidad consistente puede convertir a una nación en potencia exportadora.
Los Países Bajos, con apenas 41,543 km² de territorio, se posicionan como el segundo exportador agrícola del mundo después de Estados Unidos (Ministerio de Agricultura de los Países Bajos, 2023).
Este modelo impulsa empleos rurales más técnicos y mejor remunerados, fortalece la seguridad alimentaria al producir cerca de los centros de consumo, reduce pérdidas logísticas y atrae inversión global, especialmente de fondos tecnológicos y startups.
Sin políticas que faciliten el acceso al financiamiento, esta modernización corre el riesgo de profundizar la brecha entre productores con capacidad de inversión y aquellos que aún no pueden adoptar estas tecnologías.
México ante el entorno internacional
En México, desde hace algunos años se desarrollan proyectos de agricultura protegida en varias regiones del país, y muchos de ellos son exitosos, tanto del sector privado como del sector social.
Es importante subrayar que la mayor parte de este esfuerzo ha sido desarrollado con capital privado. Por ello, resulta fundamental saber dónde estamos en comparación con otros países del mundo, hacia dónde debemos ir consolidando y ampliando lo logrado, y cómo podemos extenderlo al sector social para generar mejores condiciones de operación y comercialización para pequeños y medianos productores rurales.
Como he señalado, los Países Bajos representan un modelo global de invernaderos de alta tecnología, logística refrigerada e investigación aplicada. Israel, por su parte, lidera la innovación para climas extremos, el riego por goteo, los sensores y la exportación de tecnología agrícola y semillas mejoradas, con investigación científica y tecnológica permanente en la materia.
En Latinoamérica, Medio Oriente, Asia y África también se han desarrollado proyectos, algunos de gran tamaño y exitosos, pero la mayoría son medianos y pequeños.
Si bien, muestran altos retornos, también enfrentan falta de crédito suficiente para su instalación, organización, actualización tecnológica y suministro de energía confiable para la producción, así como de apoyos oportunos y suficientes para la comercialización.
El financiamiento como motor de competitividad
El financiamiento se ha convertido en el factor decisivo para que la agricultura protegida avance con velocidad y competitividad.
Los países que hoy lideran esta revolución tecnológica han construido instituciones de apoyo a la exportación y a la innovación agrícola: el EXIM Bank en Estados Unidos, ASHRA en Israel, el CESCE en España, la UKEF en Reino Unido, Euler Hermes/Allianz Trade en Alemania, SACE en Italia, EDC en Canadá, Atradius DSB en los Países Bajos, Bpifrance en Francia, NEXI y JBIC en Japón, K-SURE y KEXIM en Corea del Sur, EKF en Dinamarca y EKN/SEK en Suecia.
Estas agencias e instituciones financieras de crédito y seguros internacionales permiten que productores y empresas accedan a tecnología de punta mediante esquemas de crédito, garantías y seguros a la exportación.
Gracias a ellas, miles de proyectos en todo el mundo han financiado invernaderos automatizados, sistemas de riego de alta precisión, hidroponía avanzada, control ambiental digitalizado, energía renovable y cadenas logísticas orientadas al comercio internacional.
Para que México pueda competir en igualdad de condiciones, requiere una banca de desarrollo con visión global, capaz de ofrecer instrumentos financieros modernos y accesibles.
Sin este soporte, la adopción tecnológica será lenta y desigual; con él, la agroindustria nacional puede convertirse en un motor estratégico de crecimiento, innovación y liderazgo exportador.
Necesitamos apretar el paso
Para dar un impulso mayor a la modernización agropecuaria de nuestro campo, debemos trabajar de inmediato y de forma permanente en varias vertientes: contar con energía limpia y tarifas competitivas para invernaderos, hidroponía y agricultura vertical, así como con programas de paneles solares rurales; tener créditos accesibles y garantías públicas para pequeños y medianos productores e impulsar asociaciones público-privadas; fortalecer BANCOMEXT, nuestra principal institución de crédito para el comercio exterior, para que ofrezca nuevos y mejores mecanismos de financiamiento internacional y nacional para la agroindustria; desarrollar centros regionales de capacitación y transferencia tecnológica vinculados a universidades y empresas; impulsar y promover la instalación de clústeres hortícolas integrados que unan producción, empaque, logística y comercialización; contar con una política nacional de datos estadísticos agrícolas que permita la regulación y estandarización de información generada por sensores, inteligencia artificial y drones.
Y, sobre todo, consolidar una estrategia trilateral, bilateral y multilateral de comercio internacional en respaldo a nuestros productores, con certificaciones e inocuidad que garanticen el acceso rentable de nuestros productos a los mercados de Norteamérica, Europa, Asia y Latinoamérica.
Oportunidades y retos
La agricultura protegida abre oportunidades clave: incrementar la productividad sin expandir superficie; consolidar la posición de México como líder hortícola y frutícola continental; impulsar una industria nacional de sensores, fertirriego, software y biotecnología; y reducir el consumo de agua en zonas de estrés hídrico, un tema al que debemos poner más atención con mejores tecnologías y sistemas de riego, y no solo con restricciones administrativas de uso y concesiones, como recientemente hemos comentado.
Pero el principal reto será garantizar que esta revolución llegue a productores de todos los tamaños, tanto en el sector privado como en el sector social.
La puerta de entrada a la modernidad agropecuaria
La agricultura protegida representa la infraestructura productiva del siglo XXI. Nos permite producir más con menos agua, asegurar calidad exportable para el consumidor final, reducir los riesgos climáticos en los procesos productivos y atraer inversión nacional y extranjera de alto valor.
En un mundo donde el comercio agrícola es cada vez más exigente, los países que adopten estas tecnologías competirán; quienes no lo hagan, quedarán rezagados.
Para México, la oportunidad es histórica. Si combinamos energía accesible, financiamiento moderno, capacitación técnica y políticas claras de apoyo para este tipo de producción y su comercialización, la agricultura protegida puede convertirse en el motor de una nueva etapa de desarrollo rural y económico.
La pregunta que debemos hacernos ya no es si queremos sumarnos a esta transformación, sino cuánto tiempo más podemos darnos el lujo de postergarla.
