Por Marcos Pérez Esquer
Hay una frase que, con motivo del Mundial de Futbol, se ha vuelto omnipresente en México: “¿Y si sí?”
Me gusta. No necesariamente porque comparta toda la carga emocional con la que suele pronunciarse. Muchas veces aparece acompañada de una idea implícita: “Yo sé que no… pero ¿y si sí?”.
Como si, en el fondo, estuviéramos convencidos de que las grandes hazañas siempre les corresponden a otros y a nosotros sólo nos quedara la esperanza de un milagro.
No comparto ese pesimismo. Nunca he entendido por qué los mexicanos tendríamos que “saber que no”. ¿Con base en qué?
Sin embargo, debo reconocer que la frase representa un avance respecto de otra que durante décadas acompañó a nuestras selecciones nacionales: “¡Sí se puede!”
Esa consigna, aunque bien intencionada, siempre me pareció extraña. Parecía una especie de terapia colectiva para convencernos de algo que, en el fondo, suponíamos imposible. Si era necesario repetir tantas veces que “sí se puede” quizá era porque primero nos habíamos convencido de que no se podía.
“¿Y si sí?”, en cambio, tiene algo distinto. No promete milagros. No niega las dificultades. Simplemente abre la puerta a la posibilidad.
Porque sí, el camino luce complicado. Hay que derrotar a selecciones históricas, superar rivales que llevan décadas formando jugadores de élite y competir contra países que parecen partir con ventaja. No será sencillo. Pero… ¿y si sí?
Quizá esa misma pregunta deberíamos empezar a hacérnosla fuera de las canchas.
¿Y si sí pudiéramos convertir a México en uno de los países más seguros del mundo? La pregunta importante ya no sería si es posible, sino qué tendríamos que hacer para lograrlo. ¿Qué estructuras tendríamos que transformar? ¿Qué intereses habría que enfrentar? ¿Qué decisiones tendríamos que asumir con valentía?
¿Y si sí pudiéramos construir un sistema universal de salud de primer nivel? No para unos cuantos, sino para todos los mexicanos. ¿Qué habría que corregir? ¿Dónde tendríamos que invertir? ¿Qué errores deberíamos dejar de repetir? ¿Y si sí lográramos una educación comparable con la de los mejores sistemas del planeta? ¿Qué tendríamos que exigirles a nuestros gobiernos? ¿Qué tendríamos que exigirnos también como sociedad?
¿Y si sí fuéramos capaces de erradicar la corrupción? ¿Y si sí aprendiéramos a votar pensando menos en las dádivas y más en el carácter, la capacidad y la honestidad de quienes aspiran a gobernarnos?
¿Y si sí apostáramos por infraestructura que genere crecimiento, por innovación tecnológica, por ciencia, por investigación, por empresas capaces de competir globalmente? ¿Y si sí lográramos sacar a millones de mexicanos de la pobreza mediante empleos bien remunerados y no mediante subsidios permanentes?
¿Y si sí nos convirtiéramos en una verdadera potencia económica?
No son metas sencillas. Tampoco ganar el Mundial. Pero ninguna es imposible.
Las naciones que hoy admiramos no llegaron ahí por accidente. Tampoco porque fueran más inteligentes o capaces, o porque estuvieran predestinadas al éxito.
Llegaron porque durante décadas hicieron preguntas distintas. En lugar de preguntarse por qué no podían, comenzaron a preguntarse cómo lo harían. Esa diferencia cambia absolutamente todo.
Los grandes cambios empiezan mucho antes de que aparezcan los resultados.
Empiezan cuando una sociedad deja de administrar resignadamente sus fracasos y comienza a imaginar grandes posibilidades.
Quizá por eso la frase ha conectado con tanta gente. Porque, aunque nació en torno al futbol, en realidad expresa algo mucho más profundo: la esperanza de que todavía somos capaces de sorprendernos a nosotros mismos.
Ojalá no se quede en las tribunas. Ojalá algún día esa misma actitud llegue también a nuestras escuelas, a nuestras empresas, a nuestros gobiernos, a nuestras universidades y a nuestras comunidades.
Porque el verdadero campeonato que México necesita ganar no dura cuarenta días ni se juega cada cuatro años. Se juega todos los días.
Y tal vez el primer paso para conquistarlo sea dejar de preguntarnos por qué no podemos… y empezar, de una vez por todas, a preguntarnos: ¿y si sí?
