Cuando decimos “guarda el celular”, ¿qué esperamos de las niñas, niños y adolescentes? ¿Que esperen la hora de salida para volver a conectarse o que aprendan a reconocer cuándo, cómo y para qué utilizar la tecnología?
En México, este 3 de noviembre entra en vigor la regulación del uso de dispositivos digitales en las escuelas. En educación básica, la restricción abarcará toda la jornada escolar, incluido el recreo, con excepciones para actividades pedagógicas previamente planeadas y situaciones justificadas.
La medida podría ayudar a recuperar momentos para concentrarse en clase, jugar durante el recreo y conversar sin revisar una notificación. Estos son espacios que debemos proteger. Sin embargo, al terminar las clases, las redes sociales, los videojuegos y los chats siguen disponibles. También las dudas sobre qué compartir, a quién responder o qué hacer cuando una interacción les incomoda.
Por eso, la regulación debe acompañarse de una educación digital que les ayude a utilizar la tecnología de manera segura, crítica y responsable. Saber descargar una aplicación no equivale a reconocer un engaño. Manejar una pantalla con facilidad tampoco significa saber cómo actuar ante una solicitud de imágenes íntimas, una cuenta falsa o una agresión en un chat.
Necesitamos hablar de estas situaciones antes de que ocurran y dejar claro a quién pueden acudir para pedir ayuda. Para hacerlo, también hace falta escuchar a las niñas, niños y adolescentes sobre lo que ven, lo que disfrutan y lo que les preocupa en línea. Si nuestras conversaciones se limitan a cuánto tiempo pasan frente a una pantalla, podemos perder de vista lo que están viviendo a través de ella.
Las familias tenemos una responsabilidad fundamental en ese acompañamiento. Establecer acuerdos adecuados a su edad y reservar momentos de desconexión son parte de esa tarea, al igual que revisar nuestros propios hábitos digitales.
¿Qué tan coherente resulta pedirles que dejen el teléfono al comer si seguimos contestando mensajes en la mesa? ¿Qué les enseñamos sobre privacidad cuando publicamos sus fotografías sin preguntarles?
Acompañar requiere presencia y disposición para aprender, incluso cuando no conocemos las aplicaciones y tendencias de las que nos hablan. También implica cuidar nuestra reacción cuando nos cuentan algo difícil. Si encuentran regaños antes de ser escuchados, ¿tendrán la confianza de volver a pedirnos ayuda?
Pero esta responsabilidad necesita apoyo. No todas las personas adultas cuentan con los mismos conocimientos, tiempo o redes de apoyo. Las reuniones escolares pueden ser una oportunidad para ofrecer orientación práctica sobre privacidad, señales de riesgo y atención al ciberacoso.
Las maestras y los maestros también necesitan formación, materiales y respaldo institucional para responder a situaciones que muchas veces comienzan fuera del aula y afectan la convivencia dentro de ella.
Esta regulación puede contribuir mucho si nos lleva a trabajar juntos, autoridades, escuelas y familias, por la educación y protección de niñas, niños y adolescentes. Su alcance también dependerá de lo que hagamos cuando suene el timbre de salida.
El celular puede quedarse en una mochila, pero un contenido inadecuado, un mensaje ofensivo o una experiencia de acoso pueden acompañarles todo el día.
Cuando eso ocurra, necesitan saber que hay alguien dispuesto a escuchar y ayudar. Además de pedirles que guarden el teléfono, debemos preguntarnos si estamos ayudándoles a prevenir riesgos y construyendo la confianza para que se acerquen a nosotros cuando más lo necesitan.
Michelle Lucero dirige la Fundación Nueva Generación Sonora. Es socióloga y se especializa en políticas públicas, seguridad pública y derechos de niñas, niños y adolescentes en Sonora.