Mientras en México el debate político interno, indispensable, pero a la vez absorbente y polarizante, consume toda nuestra energía y atención, el resto de América Latina ha decidido no esperar.
El mundo ha acelerado su paso y nuestros vecinos del sur están tomando decisiones estratégicas que, en silencio, están redefiniendo el equilibrio económico regional.
La política exterior de México, reducida a ser reactiva y a veces contestataria, está fallando en el momento clave de la historia global.
Debería ser nuestro motor para el desarrollo y la modernización, pero se ha quedado en segundo plano. Mientras México se concentra en sus tensiones domésticas, la región avanza, capitalizando las oportunidades globales que nosotros dejamos pasar.
No hablo de los principios constitucionales, sino de la política exterior como un instrumento moderno, audaz y estratégico para atraer capital, innovación, diversificar mercados y defender nuestros intereses.
Hoy, la realidad nos golpea: estamos perdiendo poco a poco el liderazgo en nuestra propia región y el costo de esa omisión se mide en crecimiento, inversión y futuro.
La desconfiguración de la ventaja histórica
Durante décadas, México jugó un papel protagónico y vanguardista en el escenario global y latinoamericano.
Fuimos pioneros en la apertura comercial, firmando el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en 1994, un hito que sentó las bases de nuestra modernización industrial y nos posicionó como una potencia exportadora.
A partir de ese momento, México se consolidó como una de las economías más abiertas del mundo, logrando una red de 14 tratados de libre comercio con 50 países, lo que nos daba acceso privilegiado a más de 1,300 millones de consumidores.
Esta arquitectura comercial nos permitió ser el gran articulador entre América del Norte y el resto del continente.
Sin embargo, ese liderazgo ha comenzado a decaer. Esta ventaja histórica se está desconfigurando debido a la inercia y la falta de visión proactiva. Nuestra posición como principal receptor de Inversión Extranjera Directa (IED) en la región, un logro sostenido por años, hoy es amenazada por la agilidad de otros países.
La credibilidad que construimos en foros multilaterales se erosiona cuando la atención interna consume toda nuestra capacidad de respuesta global. El contraste es evidente: nuestra gran ventaja histórica de ser un jugador global se está convirtiendo en un mero potencial, mientras la región capitaliza con la acción inmediata.
La velocidad del Sur: el desfase del crecimiento
La inercia de la política exterior mexicana y la falta de certidumbre interna ya tienen un costo medible en las proyecciones económicas.
Las cifras del Fondo Monetario Internacional (FMI) nos ofrecen una señal de alerta ineludible.
Según las perspectivas económicas recientes, se prevé que la economía mexicana crezca consistentemente menos que la media de América Latina y el Caribe en los próximos años, de acuerdo con el World Economic Outlook del FMI.
Mientras que el crecimiento regional promedio para 2024 se proyecta cerca del 2.1**%** (CEPAL, Balance Preliminar de las Economías de América Latina y el Caribe), el crecimiento mexicano se ha quedado rezagado frente a este promedio, demostrando que nuestro motor opera a menor potencia que el de nuestros pares.
Este desfase no es casualidad; es el resultado directo de una política que ha privilegiado la introspección sobre la estrategia global.
Si a esto le sumamos el costo de la inseguridad y la violencia, que organismos como el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) han estimado consistentemente entre el 2% y el 4% del Producto Interno Bruto (PIB), el lastre interno se vuelve insostenible.
Mientras otros países de la región se enfocan en acelerar, nosotros nos debatimos en discusiones que no nos permiten tomar ventaja de nuestro potencial.
La IED y la competitividad: El capital estratégico elige otros rumbos
La inversión extranjera ha sido históricamente el gran motor de crecimiento y modernización de México. Sin embargo, mientras el mundo se reconfigura y el nearshoring ofrece una oportunidad histórica, otros países de América Latina muestran una mayor dinamización en la recepción de capital estratégico.
Los datos de la CEPAL, en su informe sobre la Inversión Extranjera Directa (IED), indican que si bien México sigue siendo un destino importante, el flujo de nuevas inversiones, el capital que realmente construye futuro y no solo la reinversión, no refleja el potencial de la coyuntura geopolítica.
Otros gobiernos están actuando con mayor agresividad. Por ejemplo, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) ha destacado los avances de Chile en la modernización de sus marcos regulatorios para atraer capital a sectores tecnológicos avanzados.
Uruguay ha sido consistente en ofrecer certidumbre jurídica y estabilidad que lo vuelven atractivo para el capital extranjero. De igual forma, Colombia apuesta fuertemente por la innovación como eje de su diplomacia económica, buscando acuerdos en sectores de alto valor agregado.
Alianzas y apertura: El sur multiplica sus puentes
La visión de México parece anclada a una falsa disyuntiva entre integración y soberanía. Esto nos impide reconocer que la integración es la única forma de blindar el desarrollo en el siglo XXI.
Nuestros vecinos ya lo entendieron y están abriendo nuevos frentes comerciales y estratégicos, mientras México sigue concentrado casi exclusivamente en la agenda norteamericana.
- Ecuador ha sido particularmente activo en la diversificación de sus mercados. No solo ha avanzado en acuerdos con la Asociación Europea de Libre Comercio (AELC), sino que ha sellado un acuerdo comercial crucial con China, mostrando una estrategia clara de expansión global.
- Costa Rica ha firmado acuerdos importantes como el de Emiratos Árabes Unidos y ha concretado su acuerdo con Ecuador, demostrando agilidad para generar puentes fuera de los bloques tradicionales. Esta información se basa en datos del Ministerio de Comercio Exterior de Costa Rica.
- El MERCOSUR (Mercado Común del Sur) está consolidando su peso regional y su capacidad de negociación, buscando activamente acuerdos de complementación con bloques como la Unión Europea, de la cual México depende para la modernización tecnológica.
Estos países entienden que la diplomacia económica requiere romper barreras y buscar socios tecnológicos.
Si México aspira a un salto industrial hacia la inteligencia artificial, la robótica o la descarbonización, necesita urgentemente esa misma audacia que hoy vemos en el Sur para aliarse con potencias tecnológicas en Alemania, Japón o Corea del Sur.
El riesgo de aislamiento en el patio trasero
México se ha ido alejando de América Latina en los últimos años, lo que representa no solo una pérdida política, sino un error económico estratégico.
La integración regional ofrece oportunidades claras en:
- Integración Energética: Aprovechar el potencial de energías limpias y recursos naturales de la región.
- Cadenas Agroalimentarias: Construir una plataforma de seguridad alimentaria regional robusta.
- Cooperación en Seguridad: Atender el flagelo del crimen organizado y la violencia desde una óptica multilateral.
Al concentrar casi el 100% de nuestra visión en la relación con Estados Unidos y Canadá (que es vital, pues alrededor del 80% de nuestras exportaciones depende de EE. UU.), descuidamos el resto de la región.
La agenda bilateral es inevitable (migración, nearshoring, seguridad), pero ejercer ese poder negociador con visión de Estado no significa cerrar el resto de las puertas que América Latina está abriendo.
Recuperar la visión regional para no quedarse aislado
La lección que nos da el resto de América Latina es clara: el desarrollo no se logra esperando a que se resuelvan los problemas internos, sino utilizando la proyección exterior como palanca para forzar esa modernización interna.
México tiene todos los elementos para seguir siendo una potencia económica regional y una plataforma global. Sin embargo, para mantenerlo, debe dejar de mirar solo hacia adentro.
Necesitamos una política exterior articulada, profesional y, sobre todo, proactiva, que esté al servicio del desarrollo y no de la ideología.
La diplomacia debe convertirse en una herramienta de negocio, una red de promoción económica que trabaje con el sector privado, y una garantía de certidumbre jurídica y reglas claras.
Si no resolvemos la seguridad y si no fortalecemos las instituciones autónomas, ninguna agresiva estrategia de IED funcionará.
Pero si no actuamos pronto, la foto del futuro mostrará una América Latina modernizada y conectada, con México rezagado, mirando todavía hacia adentro.
