Por Roberto Pogués
Morena creció a costa de una frase que sonaba a precepto bíblico: “Por el bien de todos, primero los pobres”, pero hoy el eslogan comienza a indigestar a sus promotores.
Porque mientras millones de mexicanos siguen contando monedas para llenar el tanque de gasolina o pagar en el changarro de la esquina, varios de los próceres de la 4T han decidido que la verdadera austeridad es solo en lo moral, es decir, consiste en vivir en la contradicción: jurar que el poder es humildad y desayunar en un hotel de Tokio de 400 dólares la noche; predicar que la corrupción es cosa del pasado y comprar una casita en San Diego o una finca en Tepoztlán; defender que los lujos son indignos del servidor público y pasear en autos blindados y aviones privados llevando un reloj de catálogo suizo.
No es casualidad que la primera plana de The New York Times del pasado fin de semana llevara un título que retrata el dilema con precisión quirúrgica: “Una vergüenza de riquezas para el partido de los pobres de México”. El mundo lo ve claro: el partido que se dice humilde reparte lecciones de austeridad desde el palacio presidencial, pero sus dirigentes solo son austeros en su moral y su congruencia.
Los defensores dirán que usan “su propio dinero”, el que antes presumían no tener. Faltaba más. ¿O acaso el pueblo pensaba que sus viajes a Portugal o España fueron pagados con boletos de la tamaliza y la rifa del avión presidencial? La narrativa oficial es casi poética: sí, hay austeridad, pero para las instituciones y las políticas públicas, no para nuestra nueva vida privada. El pueblo que haga cola en su clínica del IMSS; el funcionario, en cambio, que descorche vinos en Lisboa o en Salamanca.
¿Y qué dice la dirigencia? Que “el poder es humildad”, que lo importante es “no descuidar responsabilidades” que “si hay pruebas, se investigue”, mientras se da uno una vuelta por Mazarik para renovar el ajuar de su “dato protegido”.
La ironía es brutal: Morena llegó al poder porque millones de mexicanos se hartaron de la sofisticada opulencia de priístas y de la torpe venida a más de panistas. Votaron contra casas blancas, suburbans con chofer y aviones “que no tiene ni Obama”. Y, sin embargo, a poco más de seis años, el “partido de los pobres” presenta la versión kitsch de la corrupción y el abuso, convencido de que a cambio de repartir una parte del presupuesto en tarjetas del Bienestar se puede uno gastar el resto en desayunos en el Four Seasons.
La pregunta que se cierne como nube sobre el futuro político de Morena es clara: ¿cuánto tiempo más se puede predicar el evangelio de la pobreza mientras se vive a todo lujo? Hoy la indignación se mide en memes, trending topics y notas en medios internacionales; mañana podría convertirse en merecido voto de castigo.
Porque si algún viento está soplando en estos días en México y el mundo es el del enojo y el hartazgo social. El viento del ya basta de violencia e inseguridad, de jóvenes sin oportunidades, de incertidumbre e irresponsabilidad.
A los políticos que han querido encubrir su resentimiento y sus anhelos autoritarios con la máscara de redentores, bajo consignas ocurrentes como aquello de que “no puede haber gobierno rico con pueblo pobre”, se les está cayendo el disfraz. Al tiempo.
