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El hartazgo con sombrero 

por Roberto Pogués

Por Roberto Pogués 

Algunas veces la muerte hace más ruido que una vida entera, y un solo disparo quiebra el silencio que millones han guardado durante años.  

Tal es el asesinato de Carlos Manzo, exalcalde de Uruapan, Michoacán, que no solo apagó la voz de un político confrontado con el crimen organizado y con algunos otros políticos, sino que abrió una fisura, por decir lo menos, en la narrativa oficial, esa que insiste en que todo está bajo control mientras la necia realidad tiene otros datos. 

¿Por qué un político local, relativamente poco conocido fuera de Michoacán, se convirtió de golpe en figura nacional, casi en estandarte? ¿Qué explica que jóvenes —sobre todo jóvenes— adopten su muerte como punto de quiebre para salir a la calle y gritar “¡basta!”? 

Sin subestimar los logros de su gestión, la respuesta está menos en Manzo como individuo y más en lo que hoy representa. 

El exalcalde era visto como alguien que dio la cara, virtud que no abunda en los tiempos en los que vivimos actualmente. En un país donde la regla en política parece ser la negación, el cálculo o la evasión, el michoacano habló, denunció, pidió apoyo, señaló a los grupos que asedian (todavía) su región.  

Y cuando alguien que se atreve a hablar es asesinado, el mensaje social es contundente: si callas, pierdes; si hablas, también. 

La historia es conocida: un menor de edad, vinculado a grupos criminales que disputan la región, dispara contra Manzo en un evento público. El crimen sucede en una plaza pública, con escoltas, cámaras, testigos y (supuestamente) un protocolo de seguridad.  

Nada retrata mejor la dimensión de la crisis que eso: la vulnerabilidad total de un país donde el Estado no alcanza para proteger la vida de quien se atreve a desafiar al poder criminal que de facto hoy gobierna en muchas regiones. 

(¡Catorce elementos de la Guardia Nacional ‘cuidaban’ a Carlos Manzo! Esto, declarado por el propio secretario de Seguridad nacional, Omar García Harfuch). 

Bastaron unas horas para que su nombre se convirtiera en consigna, en trending topic, en grito fuerte a nivel de calle. No porque Manzo fuera una estrella política, sino porque simboliza algo más profundo: la sensación colectiva de vivir en un país donde la valentía conduce a la muerte y la cobardía se normaliza como forma de supervivencia. 

Y de inmediato surgieron los corridos, esos noticiarios del pueblo que cuentan lo que el gobierno calla: la verdad desnuda. Se escribieron nuevos versos con la urgencia del duelo y la rabia, recordando —sin pedir permiso— que la cultura popular entiende de justicia más rápido que cualquier institución.  

En tres minutos, las letras de estas canciones fueron más contundentes que cien conferencias matutinas de esas que pasan -y pesan- en cadena nacional. 

Los corridos dedicados a Manzo no solo lloran su muerte: también dibujan un país herido, un pueblo harto y una exigencia de justicia que no encuentra cauce institucional. Cantar un corrido es, de alguna manera, tomar postura. 

Luego vino lo inesperado: la Generación Z, esa que muchos acusaban de apática, salió a las calles con sombreros, pancartas, videos y proclamas que mezclan el hartazgo con la lucidez, esas que sólo puede comprender quien creció con la violencia como rutina. 

No marchan (solo) por Manzo: marchan por lo que él representa. Por el miedo que heredaron, por la precariedad que los acecha, por el país que les dijeron que era suyo, pero que no pueden habitar sin riesgo. Manzo es el pretexto de una generación que quiere dejar de ser víctima colateral. 

Desde la sociología, esto tiene nombre: injusticia estructural. Un sistema entero que falla de manera tan profunda que la gente deja de protestar por hechos aislados y comienza a reclamar contra la forma misma en que el país funciona… o no. 

Y lo verdaderamente importante de todo esto es que, por primera vez en mucho tiempo, el poder parece no saber cómo usar el enojo. No es una movilización tradicional, no responde a partidos, no busca caudillos, no espera líderes naturales, no pide dinero.  

Es un movimiento que viaja en TikTok, se organiza en Discord y se replica en X. Es, en una palabra, inmanejable. 

No es que busque el caos, sino que no cabe en las categorías tradicionales de la clase política: ni compra voluntades, ni aspira a candidaturas, ni quiere negociar. Solo quiere vivir sin miedo. 

El sombrero que hoy aparece en las marchas es una metáfora incómoda: representa al México que trabaja, que resiste, que sobrevive. Pero también al México que está harto de poner los muertos mientras otros reparten discursos desde el podio del salón Tesorería. 

Quizá este movimiento se diluya con el tiempo (diciembre y sus posadas marcan la agenda de forma estricta). O quizá sea la primera señal de que la generación que viene sabe que recibe un país en ruinas. 

Porque, al final, lo que está ocurriendo no es un homenaje a un hombre. Es un cuestionamiento frontal a un Estado que ya no logra cumplir su función primaria: garantizar la paz y la vida. 

La gente tomó las calles porque no distingue entre el Estado y los criminales. Y eso ya no se puede ignorar. 

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