Por Roberto Pogués
El alarido de las audiencias retumbó con fuerza cuando un comunicador fue suspendido (no fue corrido, tranquilos) por cometer el pecado capital de decir lo que piensa, reírse del poder y evidenciar la intolerancia del régimen.
En medios, redes sociales y otros programas de televisión se multiplicó la indignación por la autoritaria decisión de acallar a un comentarista. Un drama shakesperiano que duró los días que estuvo fuera del aire.
Las muestras de solidaridad llovieron dentro y fuera de Estados Unidos, hasta que, como resultado de esa presión, el presentador fue restituido. Estoy hablando, claramente, del caso de Jimmy Kimmel, que regresó a su programa este martes por la noche después de una sorpresiva ausencia (censura sería más apropiado) aplicada por el órgano regulador de la radiodifusión y las telecomunicaciones en el vecino país, (todo indica que) por criticar al presidente Donald Trump.
El motivo que se hizo público detrás de la decisión por parte de la empresa Disney, fue que la compañía necesitaba quedar bien con la administración Trump para seguir inflando su imperio. Sí, Mickey Mouse, el viejo, pero más poderoso ratón del planeta, también se arrodilla cuando conviene a sus intereses.
Qué distinto aquello de lo que ocurre en México. Aquí, periodistas como Ciro Gómez Leyva, Carlos Loret de Mola y Héctor Aguilar Camín —sí, esos que muchos aman odiar— son acosados por la autocracia local, pierden espacios y reciben insultos como si fueran parte de su sueldo.
Pero, claro, defender la libertad de prensa está bien… siempre y cuando sea en la casa del vecino. Aquí no. Aquí hasta los moneros de La Jornada —los mismos que tienen como encargo linchar todos los días a los periodistas mexicanos— se dieron el lujo de caricaturizar a Trump como un cavernícola, payaso y censurador.
¿Y de los golpes a los medios en México? De eso nada, porque si es en defensa de eso que se autonombra la 4T, hay que aplaudir la mordaza, no criticarla. Nadie movió un dedo cuando a Gómez Leyva lo persiguieron con auditorías de espanto; nadie protesta cuando a Loret lo etiquetan como “Lord Montajes” cada vez que exhibe, con pruebas por cierto, las entrañas descompuestas del poder morenista; a Aguilar Camín lo borraron de La Hora de Opinar en Televisa como quien quita un mueble viejo, y ni un mono, ni una queja, ni nada. Silencio total.
Y si bajamos a los estados, el paisaje es todavía más pintoresco. En Campeche, a Jorge González Valdez le colocaron un censor oficial para “revisar” lo que escribe sobre la estrafalaria gobernadora Layda Sansores. En Puebla, Alejandro Armenta se mandó hacer una “Ley Censura” para procesar su fragilidad emocional ante cualquiera que se atreva a criticarlo. Y en Guerrero, al periodista Jesús Gabriel Castañeda Arellano lo condenaron a pedir disculpas durante quince días a la alcaldesa Abelina López Rodríguez, de Morena, por supuesta violencia política de género.
¿Su crimen? Publicar que había irregularidades por 898 millones de pesos en los fondos destinados a reparar los daños causados por el huracán Otis. Imperdonable, claro. ¿Quién se cree ese periodista para contarle a la gente en qué se gastan sus impuestos?
Es claro que esos vacíos y silencios no van a quedar en el olvido. El régimen ha sido rápido para llenar los espacios con comunicadores, youtuberos o matraqueros (perdón, pero me resulta imposible llamarlos periodistas) afines al gobierno.
Seguramente al lector le vendrán otros nombres a la mente. Por sólo citar a algunos qué le parecen Juan Becerra-Acosta, Viri Ríos o, de plano, El Chapucero, Lord Molécula o Demian Duarte.
Qué valiente es defender la libertad de expresión —pilar de cualquier democracia y palabra de moda cuando conviene—, la pluralidad y la distancia crítica de los medios de allá del país del norte. Lo que estaría mejor, seamos congruentes, es que esa misma enjundia y valor se mostraran cuando se trata del periodismo en México. Ojalá que algún día llegue esa congruencia, porque por ahora, no se le ve venir.
PosdataHace casi tres años, López Obrador salió al rescate de Adán Augusto López, su “hermano del alma”, ante informes que ligaban al CJNG con el gobierno de Tabasco.
La Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) apuntaba al entonces secretario de Seguridad, Hernán Bermúdez Requena, hoy preso por esos vínculos que, según el presidente, no existían. Cuando la reportera de Proceso, Dalila Escobar, le preguntó al respecto, AMLO replicó, para no variar: “Adán es un hombre honesto, lo conozco bien”. Y se quejó de que había muchos ataques a su gobierno desde la “prensa conservadora”.
“La gente nos tiene confianza y saben que nunca vamos a traicionarlos”, remató con solemnidad. ¿La gente seguirá teniendo fe ciega aunque las palabras del expresidente se sigan estrellando de frente contra la realidad?
