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El infausto legado de Mónica Soto

por Marcos Pérez Esquer

Por Marcos Pérez Esquer

Hace dos años, en mi columna del 7 de junio de 2024 titulada “El fraude que viene”, tras reflexionar sobre lo ocurrido durante la jornada electoral de ese año, advertí de la urgencia de “frenar el fraude electoral que hoy se cierne sobre la Nación: el fraude de la sobrerrepresentación. En estos días, el gobierno ha evidenciado su intención de utilizar esa trampa para que el parlamento termine teniendo muchos más diputados y senadores oficialistas, que los que de por sí ya le dieron las urnas. Intenta alcanzar la mayoría calificada en ambas cámaras mediante esa ominosa maquinación. Urge atajar el fraude electoral que apenas viene”.

Un mes después volví al tema en mi columna del 5 de julio de 2024, titulada “Es imprescindible contener la sobrerrepresentación”, y lo hice con la siguiente reflexión: “Tiempos extraordinarios requieren personas extraordinarias. Hoy la República necesita que las y los magistrados del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación se conduzcan de manera extraordinaria. Está en estas personas la salvación de la democracia. Hoy la República está en manos del Tribunal Electoral. Me refiero desde luego al asunto de la sobrerrepresentación”.

Poco después, regresé al asunto en mi columna del 9 de agosto de 2024 titulada “No a la sobrerrepresentación” en la que volví a advertir sobre este riesgo diciendo: “La Secretaría de Gobernación, y a últimas fechas incluso el propio presidente de la República, han estado presionando a las autoridades electorales para que estas le asignen a los partidos de la coalición oficialista una cantidad de diputados plurinominales exorbitante que dichos partidos y dicha coalición no ganaron en las urnas. Así de simple, mediante triquiñuelas legaloides e interpretaciones erróneas de la Constitución, pretenden hacerse de una mayoría calificada que no obtuvieron en las urnas. Decimos que pretenden defraudar la voluntad popular porque el oficialismo obtuvo el 54% de los votos en las urnas, y pretende alcanzar una cantidad de diputados que representa el 74% de las curules. Ese diferencial de 20 puntos es la sobrerrepresentación que quieren obtener en la mesa”.

Finalmente, cuando ya el Tribunal se aprestaba a resolver sobre la integración de la Cámara de Diputados, en mi columna del 23 de agosto de 2024 titulada “Los jueces de Weimar (en México)”, insistí: “Hoy estamos en manos de los jueces. El INE ya dio a conocer el proyecto de acuerdo de asignación de diputaciones de representación proporcional mediante el cual le otorgarán al oficialismo morenista una mayoría calificada que no obtuvo en las urnas. Una sobrerrepresentación inaudita que le permitirá reformar la Constitución a capricho. Seguramente hoy mismo ese acuerdo será aprobado. Por eso es que estamos en manos de los jueces; el acuerdo será impugnado ante la Sala Superior del Tribunal Electoral, el cual tendrá la última palabra. No es cosa menor, se trata de una resolución tan trascendente para nuestro país que, para decirlo rápido, definirá si México sigue la ruta democrática, o la autoritaria. De ese tamaño es la decisión”.

El título de esa columna obedecía a la analogía que ahí formulé con los jueces de la República de Weimar que -pusilánimes- dejaron pasar las oportunidades que tuvieron de frenar el ascenso del nazismo sin ver que ello acabaría con la República.

No tuvieron la visión para advertir el mal que se cernía, o el valor para oponerse. Con su ineptitud o cobardía sellaron el fin de esa República.

En escenario análogo estaba el Tribunal en México -en sus manos estaba frenar el ascenso del populismo autoritario-, y ya la historia registra lo que se veía venir: La sobrerrepresentación fue aprobada por los nuevos pusilánimes; la Constitución fue destazada por los usurpadores; instituciones enteras defenestradas; el poder se concentra y el autoritarismo se expande; la democracia pende ahora de un hilo; la corrupción campea y la narcopolítica amenaza la soberanía.

Todo esto pudo haber sido evitado por el Tribunal y ahí el voto de Mónica Soto fue decisorio. El tono crepuscular que hoy invade a la república es su infausto legado.

Por eso me irrita tanto verla ahora -cual moderna Efialtes de Tesalia- renunciar hablando de su supuesto compromiso constitucional.

Muchos y sistemáticos fueron sus votos de abyección hacia el poder, pero este en particular, ha tenido consecuencias inconmensurables contra la nación.

Consecuencias absolutamente previsibles. Todo por un plato de lentejas.

Es verdad que la principal responsable de la debacle es la 4T, pero como dicen: “tanto peca el que mata la vaca como el que le agarra la pata”, y Mónica Soto fue quien agarró la pata de la democracia para facilitar la labor de sus matanceros.

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