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Por qué la democracia no muere con tanques, sino con indiferencia

por Víctor Hugo Celaya

Por: Victor Hugo Celaya Celaya

Cerramos 2025 con un panorama internacional y nacional polarizado e incierto. El debate de fondo sigue siendo el mismo: los valores de la democracia y la libertad frente a las realidades del autoritarismo y la autocracia.

A través de los siglos, voces tan diversas como Platón, Aristóteles, Montesquieu, Duverger y Anne Applebaum han llegado a una misma conclusión: la democracia nunca fue concebida como una sociedad perfecta, sino como un equilibrio entre libertad, ley, estado de derecho, participación ciudadana y límites al poder.

Estos pensadores difieren por el tiempo de sus reflexiones y por el entorno en que las escribieron. Algunos muestran entusiasmo; otros, dudas o escepticismo.

Pero coinciden en algo esencial: cuando el poder deja de ser controlado por la sociedad y por el pueblo, la democracia se vacía, aunque conserve su nombre.

Anne Applebaum, escritora estadounidense-polaca y ganadora del Premio Pulitzer en 2004 por su obra Gulag, ofrece en dos libros recientes una mirada indispensable sobre este fenómeno. 

El ocaso de la democracia (2020) y Autocracia S.A. (2024) constituyen una clase magistral sobre los gobiernos actuales, a partir de los casos contemporáneos más ilustrativos.

Ambas obras merecen lectura detenida. Permiten elaborar juicios propios sobre el futuro de nuestras sociedades, sus aspiraciones y la orientación de los gobiernos que las representan o buscan representarlas.

Pero antes de adentrarnos en sus planteamientos, conviene reconocer la realidad política en la que coexisten estas dos visiones del ejercicio del poder.

El punto de partida: dos visiones del poder

Por un lado, encontramos países con una sólida tradición democrática. A través de regímenes republicanos, federalistas o parlamentarios, incluso aquellos que se combinan con monarquías constitucionales, han logrado construir Estados de progreso y bienestar duraderos, sustentados en el valor de la representación popular y en el funcionamiento efectivo de sus congresos y parlamentos.

Por el otro, existen gobiernos y Estados totalitarios o autocráticos, donde el control del poder y de las decisiones públicas se concentra en líderes mesiánicos o en estructuras políticas que imponen, sin contrapesos reales, el rumbo de sus sociedades.

Estas realidades nos son conocidas a todos, y en apariencia resultan fáciles de diferenciar. Sin embargo, lo que vuelve imprescindible la lectura de El ocaso de la democracia y Autocracia S.A. es la necesidad de comprender su expresión moderna, sus nuevas formas de operación y sus zonas grises.

Applebaum no se limita a describir dos modelos opuestos; nos advierte sobre los procesos de degradación interna, las complicidades y los mecanismos contemporáneos que permiten que democracias formales se vacíen de contenido, mientras las autocracias se presentan con falsos ropajes institucionales.

De ahí la relevancia de sus planteamientos: no como un ejercicio teórico, sino como una advertencia directa sobre el presente y el futuro de nuestras sociedades.

La supervivencia de la democracia ante el autoritarismo

Applebaum sostiene que las democracias contemporáneas ya no suelen colapsar mediante golpes militares, sino a través de un desgaste gradual de sus instituciones, normas y valores, impulsado desde el poder por líderes electos que minan el sistema desde dentro.

Uno de sus argumentos más contundentes es que el autoritarismo no triunfa solo por la presencia de líderes carismáticos, sino por la complicidad activa de élites: políticos, empresarios, periodistas e intelectuales que abandonan principios democráticos por ambición, resentimiento o conveniencia.

La autora señala con claridad que la polarización social se utiliza como herramienta de dominación. La división deliberada de la sociedad, el “nosotros contra ellos”, debilita la deliberación democrática, justifica abusos de poder y convierte al adversario político en un enemigo moral. Insiste en que ninguna democracia es irreversible: las reglas, las leyes y las constituciones dependen de la voluntad colectiva de respetarlas. Cuando esa convicción se pierde, el sistema se vacía de contenido.

En Autocracia S.A., Applebaum presenta cinco ideas fundamentales. Primero, las autocracias modernas operan como una red global: las dictaduras y el autoritarismo actuales ya no actúan de manera aislada, sino como un sistema interconectado de apoyo mutuo, compartiendo recursos, estrategias, tecnología y protección política.

Segundo, el autoritarismo del siglo XXI es pragmático. A diferencia de las dictaduras del siglo XX, las autocracias actuales no buscan convencer al mundo de una ideología, sino mantener el poder mediante el dinero, la corrupción, la vigilancia y la represión selectiva.

Tercero, la tecnología se convierte en instrumento central de control y represión: vigilancia digital, desinformación, espionaje y control de datos sirven para sofocar la disidencia, tanto dentro como fuera de las fronteras nacionales.

Cuarto, la indiferencia ciudadana en las democracias fortalece a las autocracias. Y quinto, la falta de coherencia, firmeza y valores claros por parte de las democracias liberales permite que los regímenes autoritarios prosperen sin consecuencias reales.

La democracia sobrevive solo si se defiende

Applebaum es clara: la democracia no es un estado natural ni irreversible. Requiere ciudadanos informados, instituciones valientes y liderazgos dispuestos a asumir costos.

La neutralidad frente al autoritarismo siempre favorece al autoritarismo. Como ella misma escribe: “La democracia no cae porque sea débil, sino porque quienes debían sostenerla decidieron que ya no valía la pena defenderla”.

La democracia no se pierde de un día para otro ni siempre a punta de armas y bayonetas. Se pierde cuando el abuso se vuelve costumbre, cuando la mentira se normaliza y cuando la sociedad empieza a aceptar que el poder no debe ser controlado, sino aplaudido.

Ese es el verdadero ocaso del que advierte Applebaum: no el colapso estruendoso, sino la rendición silenciosa.

El autoritarismo contemporáneo ya no necesita clausurar congresos ni cancelar instituciones de manera abierta. Le basta con vaciarlos de sentido.

Mantiene las formas, pero destruye el fondo; conserva la liturgia democrática mientras anula su espíritu. En ese simulacro, la ley deja de proteger al ciudadano y pasa a servir al poder.

Applebaum señala que el lenguaje de las autocracias divide a la sociedad entre “pueblo” y “enemigos”. Cuando se desacredita a la prensa, a los jueces o a la academia como obstáculos, el poder ya no busca gobernar, sino dominar.

Allí donde la verdad se convierte en opinión y la mentira en estrategia, la libertad comienza a extinguirse.

La polarización extrema no es un accidente del debate público, sino un instrumento de control político. Una sociedad enfrentada consigo misma pierde la capacidad de defender lo común.

Una ciudadanía cansada, confundida o cínica se convierte en el terreno ideal para el autoritarismo.

Ante este panorama, la neutralidad no es una opción moral. Quien calla frente al abuso lo legitima; quien juzga relativa la arbitrariedad la consolida.

Como advirtió Sandro Pertini, uno de los grandes dirigentes políticos del siglo XX, es preferible vivir en una democracia imperfecta que en una sociedad totalitaria que la regula y conduce de manera unilateral, porque la primera siempre puede corregirse, mientras que la segunda solo admite obediencia.

Defender la democracia implica asumir costos: incomodidad, crítica, aislamiento e incluso desgaste personal. Pero renunciar a ella tiene un precio infinitamente mayor: la pérdida de la dignidad cívica y del derecho a decidir nuestro propio destino.

Un legado que exige acción

Los ideales y vocación de muchos de nosotros están inspirados por los pensadores y defensores históricos de la democracia.

En lo personal, me inspira profundamente el pensamiento político de Sandro Pertini, expresidente italiano y séptimo Presidente de la República Italiana (1978-1985), recordado por su firme defensa de las instituciones democráticas, por su lucha contra el fascismo autoritario y por su compromiso con la libertad individual, los derechos civiles y el Estado de Derecho.

Su pensamiento y frase histórica definieron el ideal y la lucha democrática de muchos: “Es preferible la peor de las democracias a lo mejor de las dictaduras”.

La lección final es clara y urgente: la democracia no se hereda, se ejerce; no se proclama, se protege; no se delega, se defiende todos los días.

Y cuando deja de defenderse, otros, siempre menos escrupulosos, están listos para ocupar su lugar.

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