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¡Se hizo la carnita asada!

por Marcos Pérez Esquer

Marcos Pérez Esquer
¡El asador como tribuna! ¡Eso sí que fue innovador! El pasado sábado 17 de
mayo, Mexicali no solo ardió por su calor acostumbrado, sino por una razón
mucho más sabrosa: una mega carne asada tomó el Centro Cívico de la ciudad.
Pero no se trató de una fiesta cualquiera. Esta parrillada masiva fue, en realidad,
una manifestación política ingeniosa y provocadora. ¿El objetivo? Poner en
evidencia —con bastante salsa— el descontento de miles de cachanillas con el
gobierno de Marina del Pilar Ávila.
Sí, leyó usted bien. En el norte, la protesta no se lanza sobre barricadas y policías,
sino sobre los asadores. Y es que en una región donde la carne asada es casi
patrimonio cultural, no podía haber símbolo más elocuente, ni mayor motivo de
unidad. Como sonorense lo sé muy bien: la carne asada es una de las cosas que
más nos unen a los norteños.
En ese contexto la táctica fue clara: si no escuchan nuestros reclamos, que vean
nuestras señales de humo. Fue un acto de protesta cívica con sabor local. La
ciudadanía hecha presente convirtió el acto cotidiano de compartir el asador en un
grito colectivo: “ya basta”.
¿Basta de qué? Basta del desdén con el que se gobierna Baja California. Basta de
dejar paso franco a la delincuencia, sea por negligencia, sea por connivencia, pero
ya basta. Basta de la persecución a comunicadores. Basta de la opacidad en el
uso de los recursos. Y sobre todo, basta de frivolidad; basta de gobernar con
sonrisa linda y cabeza hueca.
Habría que reconocerlo: Marina del Pilar llegó al poder con una imagen fresca,
joven, de renovación. Pero a cuatro años de su gestión, ese aspecto no solo se ha
desgastado: huele a quemado. Y no precisamente a carne bien cocida, no. El
discurso alegre y edulcorado se topa ahora con una realidad cada vez más
áspera: inseguridad, desorden administrativo, favoritismos, y veleidad. Las
promesas de campaña se esfuman como el humo de un mal asador que no
termina de prender, y aquella imagen de renovación, no le alcanza ahora ni para
renovar su visa. La notificación que el gobierno de Estados Unidos le hizo para informarle de la cancelación de su visa, hizo levantar la ceja a todo
bajacaliforniano que sabe que para que los gringos te hagan eso, es porque “algo
hay”. Digamos que con ese solo hecho, de golpe y porrazo perdió la confianza de
la gente y detonó un repudio generalizado, que sumado a su mala gestión, puede
ser el punto de inflexión que saque a Morena del lugar.
Por otra parte, la mega carne asada fue también una lección de civismo. Frente a
un gobierno que no está a la altura de la sociedad a la que gobierna, la ciudadanía
respondió con un evento abierto, familiar, pacífico… y sabroso. No hubo piedras,
ni gritos, ni patrullas. Tampoco acarreados, o despensas, o tortas y frutsis, o
amenazas. Hubo arrachera, sirloin, costilla, y un que otro ribeye. Y sobre todo,
hubo comunidad. La sociedad cachanilla le ha dado una enorme lección a México
entero.
Ese es quizá el punto más poderoso de esta singular protesta: fue un reencuentro
ciudadano. En un país donde la protesta suele ser criminalizada, transformarla en
convivencia fue un acto profundamente disruptivo. Quienes asistieron querían
decir algo, juntos. Y lo dijeron sin estridencias, sin violencia. Con carbón y carne.
Con tortillas y razones.
Eso sí: que el tono haya sido festivo no implica que el fondo no sea serio. Marina
del Pilar haría mal en minimizar la protesta como si fuera la parrillada de unos
cuantos inconformes. Lo que ocurrió en Mexicali fue un termómetro del hartazgo
ciudadano, un recordatorio de que hasta la paciencia más noble —como la del
bajacaliforniano— tiene un límite.
En tiempos donde el poder suele minimizar y descalificar la protesta, la mega
carne asada de Mexicali fue una oda al ingenio democrático y el recordatorio de
que la gente puede estar tranquila, pero no tonta; puede aguantar mucho, pero no
todo. En Mexicali algo ha quedado claro: cuando el gobierno no sirve… es la gente
la que echa la carne al asador.

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