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Un otoño en Galicia: Caminar para pensar

por Víctor Hugo Celaya

Por Victor Hugo Celaya Celaya

Hay momentos en la vida en los que es necesario hacer un alto en el camino. No una pausa vacía, sino un espacio para hablar con uno mismo, evaluar el recorrido, aceptar los errores y, con el orgullo de los aciertos, la ascendencia y la descendencia, visualizar lo que está por venir.

Hace casi seis años, en 2019, me encontraba justo en una de esas etapas: un momento de replanteamiento profesional y de importantes cambios en nuestra vida familiar.

Fue entonces cuando, junto a mis hijos, tomé la decisión de emprender el Camino de Santiago. Buscábamos una experiencia de reencuentro no solo espiritual, sino personal y familiar; un ejercicio de introspección para planear el futuro desde un nuevo punto de partida.

La idea de caminar para pensar no es nueva. Aprendí de mi padre que caminar es el mejor ejercicio para la mente, un ritmo que permite acomodar pensamientos y proyectos. Los estoicos, desde Zenón y Aristóteles hasta Séneca y Marco Aurelio, enseñaban a sus discípulos paseando por sus pórticos.

Marco Aurelio, de hecho, concebía las ideas de sus Meditaciones durante las largas marchas militares. Para ellos, caminar era una filosofía en acción.

Su sabiduría resuena con una verdad profunda: vivir es, en esencia, andar con otros.

Como reflexionaba el propio emperador romano: “Cada mañana, al despertarte, piensa: Hoy me encontraré con gente entrometida, ingrata, arrogante… pero yo no puedo ser lastimado por ellos, porque nadie me puede hacer daño si no lo consiento. Y porque caminamos juntos en el mismo camino de la naturaleza, no puedo enfadarme con lo que es de mi misma condición”.

Esta idea de un viaje compartido, literal y metafórico, fue el motor de nuestra aventura.

Desde aquel otoño de 2019, el mundo ha enfrentado enormes desafíos. Sufrimos una pandemia que se llevó a familiares, amigos y a casi siete millones de personas en todo el mundo. Hemos sido testigos de enfrentamientos bélicos, disputas territoriales y, sobre todo, de un anhelo insurgente de libertad que aún hoy moviliza a jóvenes y adultos.

El mundo cambió, y con él, nuestras expectativas y realidades. Por eso, las lecciones de aquel viaje se volvieron aún más relevantes.

La primera lección: la disciplina de lo desconocido

Nuestra travesía comenzó en Madrid el 24 de octubre, cuando nos entregaron la credencial del peregrino, ese pasaporte que documenta cada etapa del recorrido.

Informados sobre los detalles del trayecto y el clima impredecible de Galicia, nos preparamos para enfrentar lluvias, sol, niebla y vientos.

Esta fue la primera gran enseñanza: para acometer retos desconocidos, la disciplina y la preparación no son opcionales.

La preparación fue tanto física como mental. Conversamos mucho sobre por qué habíamos decidido caminar juntos en esa nueva etapa de nuestras vidas. La emoción y las expectativas eran inmensas.

Al día siguiente, tomamos un tren nocturno. La amena plática familiar nos acompañó hasta Sarria, a donde llegamos a las 6:42 de la mañana del 26 de octubre, listos para iniciar un recorrido de 115 kilómetros hacia nuestro destino: Santiago de Compostela.

Aún estaba oscuro cuando nos sentamos a desayunar en el restaurante Polo. Una clásica tostada con tomate, aceite de olivo y un café con leche; el primer sabor de una rutina que nos anclaría cada mañana.

Haciendo camino al andar: postales de la ruta

Iniciamos nuestra primera etapa de 22 kilómetros hacia Portomarín. El paisaje nos envolvió de inmediato: montañas imponentes, bosques frondosos y vistas espectaculares de la campiña gallega. El camino subía y bajaba constantemente, un esfuerzo físico que se veía recompensado con la belleza del entorno.

Finalmente, cruzamos el histórico y espectacular puente sobre el río Miño y llegamos a nuestro destino.

En Portomarín, fuimos a comer a Casa Pérez, donde degustamos unos pulpos a la gallega memorables, acompañados de patatas y croquetas. Esa noche, descansamos en la Casona del Ponte, un albergue para peregrinos, con el cuerpo cansado pero el espíritu renovado.

Cada uno de nosotros llevaba un diario. Durante todo el recorrido, anotamos nuestras reflexiones, emociones y las múltiples conversaciones que surgían. Hablábamos de los paisajes, de la gastronomía, de los albergues y de los planes para la siguiente jornada.

Disfruté inmensamente la cocina gallega y el entorno natural de valles y montañas, donde convivimos con la libertad de los animales y la autenticidad de culturas intrarregionales con sus propias costumbres.

Las siguientes etapas nos llevaron de Portomarín a Palas de Rei (25 km), de Palas de Rei a Arzúa (28 km), de Arzúa a O Pedrouzo (20 km) y, finalmente, de O Pedrouzo a Santiago de Compostela (20 km).

En cada tramo, el clima de Galicia nos recordaba su carácter cambiante: en un mismo día podíamos experimentar sol, nubes y lluvia, con temperaturas que oscilaban entre los 10 y 20 grados.

Atravesamos bosques de eucalipto que impregnaban el aire con su aroma, colinas verdes humedecidas por el rocío y aldeas de piedra que parecían detenidas en el tiempo. Vimos puentes medievales, especialmente en Portomarín y Melide, y caminamos a través de nieblas matinales que daban un aire místico al sendero.

Quedarán grabadas para siempre en mi mente las imágenes de impresionantes alamedas, con árboles cuyas copas se unían formando túneles naturales, un regalo visual que la naturaleza ofrecía al peregrino.

La llegada: un abrazo en medio de la lluvia

El 30 de octubre, seis días después de comenzar, emprendimos la última etapa. Una lluvia torrencial nos acompañó durante todo el tramo final.

Pasamos por el Monte do Gozo y, desde allí, vimos por primera vez las torres de la Catedral de Santiago.

La llegada a la Praza do Obradoiro fue un momento de una emoción desbordante. Cientos de peregrinos de todas las nacionalidades, que habían hecho el mismo esfuerzo que nosotros, se concentraban en la plaza y en el atrio de la catedral. Se sentía una gratificación compartida, un logro colectivo.

Con la humildad que enseña este camino, nos abrazamos entre nosotros y saludamos a otros caminantes. Allí, en medio de la celebración, recibimos la Compostela, el certificado oficial que acreditaba nuestro viaje.

La lección final: cada día es una nueva etapa

Esta travesía nos dejó una enseñanza que jamás olvidaremos. Cada día en el Camino era una metáfora de la vida: te acuestas a descansar al final de una etapa, procesando la experiencia del día que culmina, y despiertas para continuar la siguiente en un entorno diferente, con retos desconocidos y adversidades climáticas inesperadas.

Pero siempre, siempre, avanzas impregnado del olor de los senderos y en compañía de otros peregrinos, todos con la misma convicción de llegar a su destino.

Para nosotros, fue un viaje en unidad familiar, el inicio de una nueva página para cada uno. En nuestras vidas, en nuestros proyectos y en nuestras luchas, nunca debemos olvidar la frase que encontramos en aquel restaurante en Sarria, justo antes de dar el primer paso.

Era un verso del poeta Antonio Machado que resumía la esencia de todo:

“Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”.

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